Todo el mundo lo sabia, menos lo que si sabían por Angel Ciro Guerrero

Fue abatido, le dieron de baja, lo callaron, ya no está vivo, lo mataron las mismas balas asesinas, olorosas a cocaína, que en innumerables ocasiones él disparara para segarle la vida a muchos inocentes, entre ellos nuestros propios soldados, siempre carne de cañón, que fueron enviados mal armados y preparación escasa a las sabanas apureñas, otrora escenario de la guerra por nuestra independencia y ahora trampa-jaula, fortaleza, y dorado exilio para criminales, y narcotraficantes que se enfrentan no por ideales sino por un botín cada día más multimillonario, el de la droga.

Este matarife titulado universitario, sin embargo, fue un homicida. Sus manos contabilizaron infinidad de muertos, por collares-bomba, por bombonas de gas, por estallido de explosivos, por descabezamiento, por “cortes de corbata”, por secuestro, por violación y total desprecio hacia los derechos humanos.

El suyo es uno de los expedientes más gruesos entre los muchos que registra la violencia colombiana, desde que este sujeto, de risa fea, hiriente, despreciable, de comentarios amargos, burlón, grosero y actitud de estrella de cine, que con sus lentes, pañoletas y casi sutiles gestos medio afeminados, ingresó a las FARC, llevado por ideales que su comunismo trasnochado le impartiese bajo la batuta, perdón, el fusil, el machete y el cuchillo, que siempre blandió el célebre Marulanda, “Tiro Fijo”,  el dinosaurio fundador de la tristemente llamada “República de Marquetalía”, que desde entonces viene desangrando a Colombia.

Lo triste no es su muerte, por cierto, sino dónde y cómo murió.

Lo primero, produce espanto al comprobarse que su tumba fue en Apure, que es Venezuela y no la tierra suya donde ha debido morir y, lo segundo, que se fue a no se sabe dónde, si al cielo o al infierno, amortajado en una gran mentira, en una vulgar patraña, en un inmenso embuste, en una gigantesca farsa que entristece a nuestra República porque, presuntamente, hay un rosario de implicaciones y de implicadas figuraciones que, incluso, retratan, y es lo más trágico y repulsivo que su muerte,  hasta probada traición a la patria.

Porque, habrá que averiguarse quién, cómo, por qué y para qué ese asesino, ya que un revolucionario jamás podrá serlo, estaba escondido, protegido, respaldado y a sus anchas allá abajo en nuestro territorio, negándole al mundo entero su presencia en Venezuela, repito, no defendiendo ideales sino los millones de dólares que estaba perdiendo, junto con su socio, Iván Márquez, producto del tráfico de cocaína que le estaban arrebatando los que ahora se habían convertido en sus enemigos.

Pobre final el de Jesús Santrich, mejor conocido como Seuxis Pausis Hernández Solarte, al que adoraron casi como figura quienes todavía andan por ahí soñando que las revoluciones se ganan tiñéndose de rojo, el rojo de la sangre de los inocentes a quienes atrapa el fuego cruzado entre esta clase de bandoleros de la política.

AngelCiroGuerrero

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