Blasfemias educativas por Manuel Avila

Cuando me dijeron que el hermano en Cristo estaba amenazando a los maestros para que estuvieran con el Gobernador solo me hice la señal de la cruz. Es que no pueden obligar a un maestro a seguir confiando en un mandatario que los tiene ganando menos de 3$, les arrebató el HCM y los tiene trabajando en escuelas abandonadas y convertidas en barracas.

Ese salto mortal que dio la educación después de ser Nueva Esparta la referencia educativa nacional no solo por las 122 escuelas nuevas de paquete, sino por el seguro que les permitía a los docentes, administrativos y obreros tener garantizada la salud de ellos y de su familia. Podían ir a cualquier clínica privada no solo a chequearse, sino que las intervenciones quirúrgicas y los exámenes de laboratorio y cualquier tipo de estudios los cubría el mejor seguro que tenían los docentes neoespartanos. No había punto de comparación y todos los educadores querían trabajar para la Gobernación para beneficiarse de ese seguro fabuloso.

Era una maravilla de HCM y no fue tocado para nada por el próximo Gobernador Carlos Mata Figueroa que llegó habilitando el Centro Artesanal de Porlamar para cumplir las ofertas de salud a los docentes y trabajadores de las escuelas estadales. A regañadientes y haciendo una inversión millonaria cumplió Mata Figueroa con los docentes estadales, pues los sindicalistas parecían fieras heridas en la defensa del preciado trofeo de la salud estadal. Todo iba de maravillas y los sindicalistas del magisterio se jugaron a Rosalinda para salir de Mata y montar al actual Gobernador que según ellos sería la perla de la corona para volver a tener en Nueva Esparta el modelo educativo que se instaló con Morel Gobernador.

Desempolvaron cuanto libraco de propuestas y ofertas educativas estaban regados por toda la región en busca del modelo perfecto para garantizar a los insulares la mejor educación de Latinoamérica. Para ese trabajo convocaron a los más doctos y los más experimentados en materia educacional, pues la idea era hacer un modelo ideal para que más nunca hubiese quejas de parte de los ciudadanos. Pero vino la sorpresa porque ni un solo brochazo se le dio a las 122 escuelas que se construyeron en el Gobierno de Morel Rodríguez Avila para condenarlas a la destrucción masiva de un solo plumazo. Eso desencadenó una destrucción en cadena que desde Macanao hasta Gómez, Antolín, Marcano, Gómez, Maneiro, Mariño, García, Díaz, Tubores y Villalba dejaron molidas por el paso del tiempo toda la red de escuelas que hicieron a los venezolanos conocer la dimensión de la obra educativa de Morel en Nueva Esparta.

Vinieron las llorantinas, las quejas por falta de presupuesto y los ataques contra “El Protector” que era quien recibía los dineros provenientes de las arcas nacionales. Pero nada se hacía por rehabilitar las escuelas, por entregar material didáctico, ni de oficinas, ni de limpieza y más nunca se entregó un pupitre o un pizarrón a las escuelas estadales.

Solo se le ocurrió al inquilino del piso 5 confinar a los sindicalistas magisteriales a la nada y echarles un cuento de las mil y una noches para silenciarlos para toda la vida. Ni un quejido salió más nunca de una Casa del Maestro remozada en sus brocales y una parte del techo para terminar siendo el escenario de francachelas y bonches juveniles y desenfrenados. Se perdió la esencia magisterial para siempre y de aquellos docentes encadenados, ni el megáfono, ni las cadenas volvieron a verse en las manifestaciones castradas por la escasa sinergia en un sindicalismo entregado a la basurilla y la limosna.

Con la etapa de los pergaminos se vino el momento de remendar con cargos de 3$ la dignidad de un maestro que no tiene ni como asistir a la escuela porque no le alcanza el pago mensual para pagar el transporte. Pero lo peor es que ni para la vestimenta que era el orgullo del docente le sobra algo de los verdes para defender la dignidad magisterial. Nadie luchó más nunca por sus intereses y la daga de la llorantina y la queja le llegó al alma para convencerlos que nunca llegan los recursos a la región.

Lo triste es que nadie reclama por la clase docente que perdió hasta los carteles que le sacaban a Mata Figueroa, las cadenas y el megáfono que usaban contra Morel y las armas del combate sindical pasaron al baúl de los recuerdos. De aquellos aguerridos sindicalistas solo quedaron huellas hemerográficas de los candelosos encuentros en la Inspectoría del Trabajo, de las protestas frente al edificio de la Gobernación y de los saraos que armaban en la Casa del Maestro para retar a los gobernantes de turno.

Ahora cuando ya la escuela no importa porque este gobierno la destruyó de a poquito, se vino la mudez de los sindicalistas magisteriales que ayer gritaban consignas y hoy se tragan las palabras para eructar dignidades obscenas y morderse la lengua ante el fracaso del peor gobierno de la historia educativa de Nueva Esparta.

 Es la hora que el docente moribundo por la crisis saque su voz de combate y le diga a los mentirosos que le fallaron a Nueva Esparta, que los estafaron con un proyecto educativo que ni una letra cumplió y sobre todo que mataron la academia al sepultar bien profundo el arte de enseñar. Ahora cuando se asoman los 10 mil educadores de Chamba Juvenil para suplir a los docentes nacionales y estadales veremos si salen los sindicalistas de nuevo con sus cadenas y megáfonos a luchar por la justicia y la libertad.

Qué fracaso en materia educativa, qué chasco el nivel gerencial de una educación condenada a la nada pedagógica y sobre todo que falta de ética de entregarle pergaminos de la mentira a los docentes para hacerles ver que con ese papel irán al mercado a comprar más barato. De mentira en mentira, de amenaza marcha una educación sin rumbo que dejó morir las escuelas hasta pulverizarlas y solo dejar huellas de un pasado glorioso.

Pena debe dar al hermano en Cristo pedir cuentas y lanzar amenazas que le queman la lengua por los siglos de los siglos a quien nunca entendió que era el arte de enseñar y ahora quiere usar la fuerza de la palabra para confiscar la dignidad magisterial.

Encíclica/ManuelAvila

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