¡Hay que recuperar la brújula!, por Morel Rodríguez Ávila

Sin duda, porque está extraviada. Pero, ojo, aquella que, por la vía de la paz, de la legalidad y los grandes acuerdos, termine conduciendo de verdad al cese de la enorme crisis que en lo político, lo económico y social tiene sometida a toda Venezuela. No hay otra salida sino la de la negociación, del entendimiento. Creer que por la vía de la violencia, cualquiera sea, se resolverá tan acuciante y peligroso reto, más que ingenuidad resulta una estupidez, torpeza y evidencia gruesa de falta total de inteligencia y mando entre aquellos que componen el liderazgo opositor.

Probado está que el gobierno y su revolución, por ahora, lo dominan todo. No hay un metro de terreno, dentro y fuera del gobierno, que no esté bien defendido, suficientemente apertrechado para asegurar la permanencia del régimen. Que el presidente y su partido en tal propósito use y abuse a cada rato del poder, violente las leyes de la república  y quiera convertir en polvo cósmico a sus adversarios, es una situación que, suficientemente documentada, ya está en manos de la justicia internacional, a quien sí corresponde dictar su veredicto.

Esa es la debida respuesta. No la de cobrar venganza alguna. Mientras los tribunales de La Haya deliberan, porque el asunto no es de soplar y hacer botellas, resulta tarea obligatoria que la mayoría ciudadana se disponga, bien unida, a pedirle al  gobierno y a la oposición que, en igualdad de condiciones, desde todo punto de vista y a través del diálogo, sin trampa alguna, logren definir lo necesario para que cese el enfrentamiento.

Visto está que los grupúsculos que emplean la violencia en sus alocados intentos de derrocar al gobierno sólo han encontrado la derrota; ahondar mucho más la enorme fosa del disentimiento, dejar al descubierto que en sus planes privan los deseos políticos, personales, grupales y otros fines muy distintos a los intereses nacionales y a la propia democracia, que apenas les ha ganado la reprobación pública. Su actitud no es la que anhela la ciudadanía responsable, la democráticamente bien integrada, con pensamiento y clara determinación de beneficiar al país  no la de hacer peso para terminar de hundirlo.

Los que conforman la oposición que analiza, que advierte que el camino a seguir, aunque sembrado de obstáculos, es el que facilita el entendimiento, tienen frente así el sagrado deber de proseguir en sus intentos de hacerle ver al gobierno la urgencia de dialogar, manos limpias y sin trucos, sobre el inmediato destino nacional. Por su parte, el gobierno tendrá, la histórica obligación de entender y aceptar que actúa equivocado, que no es para nada democrática su manera de gobernar; que se ha equivocado inexorablemente en la conducción de la nación y los destinos de su pueblo; que en su afán de imponer una ideología que nadie quiere, salvo los muy bien orquestados integrantes de las piezas publicitarias que aplauden y gritan vivas a la revolución, le están haciendo mucho daño a la gran patria que nos legó El Libertador.

Desde luego que es una obligación de todo gobierno defenderse, nadie puede criticar esa tarea de lógica sobrevivencia. Pero ello no implica de ningún modo que deba emplear a su vez la represión, la violación de los derechos humanos, la toma de medidas que tienden más a la dominación que a lograr prevalecer el espíritu de la ley misma..

Al presidente Chávez se le advirtió, con tiempo suficiente, que el manejo que estaba imprimiéndole a la economía era uno equivocado, y rechazó todo consejo. Al final, le dejó a su heredero un país ya en crisis, a pesar de tanta riqueza, sin embargo empobrecido a extremos increíbles. La cacareada guerra económica tiene nombre y apellido Chávez-Maduro. No sería riguroso ni históricamente cierto afirmar que las sanciones de Obama y Trump ocasionaron la severa crisis que hoy el país vive. Se debe a la irresponsabilidad, a la desorganización, al cumplimiento de desfasados lineamientos del comunismo más ortodoxo. Uno de ellos, ir controlando la economía y la propiedad privada hasta hacerlas desaparecer pantagruélicamente engullidas por el Estado totalitario.

La vía natural, constitucional y lógica de alcanzar la solución debida a la situación que el país sufre, es la pacífica. Y entre nosotros mismos. Bienvenida la ayuda internacional pero hasta lo humanitario solamente. En lo político, en la toma de decisiones sobre nuestro inmediato porvenir ninguna participación rusa, china, iraní ni cubana porque, al igual que los EEUU estas naciones buscan favorecerse por igual de nuestras riquezas naturales, petróleo dixit, tanto como pelearse la supremacía política en estos lados del continente.

Es preciso, y muy urgente, que alcancemos un diálogo verdadero; que la democracia renazca del entendimiento; facilitado por un gobierno que entienda definitivamente que su tarea no es hundir a la república, menos llevarla a una confrontación donde sólo triunfará la muerte.

 

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