Cuando la paz laboral concreta el desarrollo, por Morel Rodríguez Ávila

Angustiada, defraudada y sufriendo toda clase de penurias, nuestra clase obrera venezolana arriba a su Día en medio de la crisis más grave que haya vivido  en toda su historia la república. Nunca antes atravesó una situación ni siquiera parecida a la de estos momentos tan perjudiciales en todo sentido para la masa trabajadora, porque la democracia la favoreció, en su tiempo y circunstancia, respetando sus derechos y dando respuestas efectivas y positivas a sus innumerables reivindicaciones. La lucha, que desde luego la hubo, le ganó sitiales de capital importancia, de solidaridad y respeto, que llegó a ser ejemplo en América Latina. Tal verdad nadie puede desmentirla y, como realidad, la paz laboral de entonces fue innegable.

La democracia siempre tuvo en cuenta lo fundamental que para el país y su progreso en todo sentido resultaba el apoyo obrero. Su aporte invalorable, que se estimulaba por la vía de la legalidad, siempre fue concreto, creciente, poderoso. Todo porque el liderazgo sindical y el político entendían perfectamente que relacionarse, estrechando cada vez más las relaciones, era lo correcto, lo que el progreso y desarrollo nacional demandaban. Ese empeño dio los mejores frutos, haciendo posible que la nación despegara hacia estadios superiores de grandeza concretados en progreso y desarrollo en lo económico. Un caso claro, la industrialización. Tarea que se cumplió en perfecta mancomunidad, tal cual nuestra historia contemporánea muy bien refleja.

En Nueva Esparta, ese propósito fue igualmente un hecho concreto.

Nadie, a la fecha puede contradecir verdad tan inmensa como la mar. Margarita y Coche se modernizaron en todo sentido, sin duda alguna, y las pruebas que lo fundamentan siguen siendo innumerables. Mi responsabilidad como gobernante con la clase obrera –el liderazgo sindical insular, de cualquier signo, es el primero en sostener esta verdad-, fue siempre provechosa para la mujer y el hombre trabajador, el obrero, el campesino, el pescador.

El diálogo fue permanente, la comprensión un hecho y la efectividad evidente. Firmamos todos y cada uno de los contratos colectivos, cada vez más ampliando la franja de beneficios, entre otros muchos, seguro de vida, de preferencial atención médica, incluyendo a su familia; becas para sus hijos en escuelas, liceos y universidades; cumplimiento de acuerdos, reconocimientos, en fin, paz laboral que permitió concretar el desarrollo económico que caracterizó a Nueva Esparta como el estado que en toda Venezuela y durante varios años fomentó y logró que su gente alcanzase la mayor y mejor calidad de vida, un nivel que no se dio en otras entidades federales.

Aquí, ni Mata Figueroa ni su sucesor Alfredo Díaz, -no lo afirmo yo, lo sentencian sus gestiones- realizaron tarea alguna que al menos pudiese sino superar la tarea nuestra, al menos imitarla. La defensa más valedera de esta afirmación la dan los propios trabajadores, que añoran, es la palabra adecuada, la verdadera revolución social que se diera en mi gobierno. Y entre el pueblo, programas como El Tren de la Salud y la Bolsa Alimentaria son hechos que no se olvidan. Un solo ejemplo, y una sola diferencia: la bolsa llevaba más de 20 productos, era semanal y gratuita.

Esa paz laboral, que catapultó el desarrollo, fue base igualmente en donde se asentó la paz política y la paz jurídica porque mi gobierno defendió y respetó, siempre, la legalidad. Hechos que nos fueron reconocidos dentro y fuera del país por gobernantes de variado signo: uno de ellos el propio presidente Hugo Chávez Frías. Pero lo importante, es que ese trabajo, finalmente a quien sí benefició, y era nuestro objetivo, fue al pueblo hecho trabajador, hecho obrero, hecho pescador y hecho campesino.

Nueva Esparta era remanso, tierra prometida, lugar para el progreso, tacita de plata que fuimos, entre todos, labrando con paciencia y esfuerzo. Lamentablemente, ahora convertida en una de peltre, desportillada toda por el descalabro de sus últimos gobernantes, es muestra lamentable de la irresponsabilidad y la inexperiencia. Y, nadie podrá refutar esta afirmación porque sería decir que el agua de la mar ya no es salada.

Vaya, con toda honestidad y solidaridad posibles mi abrazo y solidario con la clase obrera, trabajadora, campesina y pescadora insular, siempre primera en la vanguardia a favor de una Venezuela libre de cualquier forma de totalitarismo, en esta hora amarga por la pandemia que nos amenaza y por la crisis económica,  política y social que todos vivimos.

@MorelRodriguezA

Compruebe también

Otra mentira, por Manuel Avila

Otra mentira cae sobre los hombros de la Venezuela marginada que no encuentra la fórmula para soltarse del nudo mortal